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Langosta al Thermidor

E’ stupendo che tra noi ci siano amici di varie parti del mondo, come il Messico che Ruth Pérez Aguirre (ricordate il suo menù nominale?) avvicina a noi con delizia. Questa volta la scrittrice messicana ci propone un racconto che parla di un’aragosta. Lo pubblico in spagnolo, ma, per chi come me non lo conosce, c’è anche la traduzione che Ruth si è premurata di farci avere e alla quale vi rimando tramite il link in calce. ¡Buena lectura y feliz divertimiento!

Iba a cumplir 60 años y jamás había comido langosta, así que no lo pensé más y el día anterior a esa fecha decidí celebrar, yo solo, comiendo aquella delicadeza que, por su precio y por no vivir cenca del mar, había estado fuera de mi alcance por tanto tiempo. No sabía cómo la guisaría, pero estaba decido a prepararla aunque fuese hervida. Quise ir a un restaurante y ver en el menú qué ingredientes le ponían, pero de hacerlo el dinero de mi pensión iba a sufrir un descalabro.

Me levanté temprano y fui al supermercado. Cuando vi el precio de una hermosa y sonrosada pieza, casi me caigo de espaldas. Comprendí por qué en los restaurantes las venden a un precio prohibitivo. La compré, a eso había ido, llevaba mis ahorros y la firme decisión de no echarme para atrás. Escogí también una mantequilla a las finas hierbas, aunque para acentuar el sabor compré también hierbas frescas, tomillo, mejorana, romero, hinojo, además de los ingredientes para el contorno del plato, lechuga, pimientos y tomates frescos.

Regresé a casa ansioso y puse manos a la obra. Lavé ese bello animal que era tan perfecto que se asemejaba a una figura de plástico, de las que ponen en la pescadería sobre el hielo, para decorar. Desinfecté las hierbas y todo lo demás mientras limpiaba con adoración mi “regalo de cumpleaños”. Más tarde, poco antes de comer, puse la mesa de manera festiva como lo hacía mi esposa cuando vivíamos juntos. Puse a derretir la mantequilla en la sartén más grande que tenía, donde semejante joya apenas cupo. El chirrido que hacía la mantequilla era tan sugestivo como el aroma que despedía, sobre todo cuando agregué las hierbas naturales; cada una por separado son gloriosas, pero ya juntas resultan un festín.

Con ojos amorosos puse la langosta al fuego y me quedé mirándola, en espera de que un milagro surgiera y que aquel simple animal se convirtiera en un verdadero manjar. Sonó el teléfono. Era mi hija. Llamaba desde otra ciudad donde vivía con su familia. Su madre y yo apenas teníamos tres años de habernos divorciado, y a ella, que no pudo estar cerca de nosotros en ese tiempo, se le había hecho inconcebible lo ocurrido. Esta vez lloró y me hizo llorar también. ¡Nos extrañábamos tanto! Le dolía saberme solo en un pequeño departamento y que ella no pudiera hacer nada por llenar un poco mi soledad.

Cuando abrí la cocina, el fuerte olor a quemado, que lo invadía todo, me hizo volver a la realidad. Saqué la langosta, ¡mi querida y sensual langosta!, y la puse en un plato. En otra sartén eché más mantequilla y hierbas, todas juntas, ya sin esperar que cada una soltara su sabor. Cuando el chirrido oloroso me avisó, la coloqué con mucho cuidado del otro lado que no estaba “cocido”. Ya tapada, y sin separarme en lo absoluto, permanecí ahí, atisbándola, como si fuera a desaparecer. Mientras, tomé una copa de vino para relajarme.

Sonó de nuevo el teléfono. Me pareció extraño porque aparte de mi hija nadie más me llamaba. No quería alejarme pero fue tanta la insistencia del timbre que me hizo pensar en algo grave. ¡Era mi hijo! Teníamos tres años de no saber nada uno del otro aun viviendo en la misma ciudad. No me perdonaba que hubiera sido yo quien pidiera el divorcio. Pero al parecer ese día lo había comprendido. Cuando regresé a la cocina, la langosta, las hierbas y la mantequilla humeaban. Estaba tan conmovido por las llamadas de mis hijos, que el fracaso de la receta no me importó. La puse en el plato, rodeada del verdor de la lechuga y la brillantez de los tomates y pimientos, me serví otra copa y me senté dispuesto a comerla, supiera a lo que fuera. No me gustó, pero me prometí que para el próximo año iría a un restaurante con mis hijos y pediría una ¡langosta al Thermidor!

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