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Mmhhh ¡Qué rico!

Tra i racconti più gettonati di questa guida ci sono quelli di Ruth Pérez Aguirre in spagnolo. Qualcuno mi ha anche scritto chiedendomi di leggerne altri. Detto, fatto! Ecco che la scrittrice messicana, che ai precedenti premi ha nel frattempo aggiunto la menzione d'onore al XVI Premio Internazionale di Narrativa A.L.I.A.S. di Melbourne del 2008 e il II premio letterario EL ARTE DE ESCRIBIR, Spagna, 2009, ci ha accontentati.



–No quiero más salmón, mamá –dijo Lalo, retirando el plato aún con gran parte de su pescado— ya dame mi chocolate.
–Jovencito –replicó el papá— bien sabes que en esta casa se come salmón un día a la semana, cada viernes, para ser más precisos, y hoy lo es, por lo tanto no pienses en tu barra de chocolate hasta no terminar tu comida.
–Pero papá, ¿no te das cuenta que es de color rosado? Seguro es un alimento para niñas. Mira –dijo quitándole el empanizado— es igual al tutú de mi hermana. Hombres como tú y yo no debemos comerlo. Nosotros necesitamos comer chocolate, grandes cantidades, porque eso nos da mucha energía y así podemos trabajar más que las mujeres, y defenderlas de los peligros que quieran hacerles daño. ¡El chocolate es la octava maravilla del mundo! Esto lo digo yo, el gran conocedor: Lalo Chocolatín.
–Pamplinas, Lalo “Chocolatín”, el salmón es también para hombres, así que no pongas más pretextos y come la porción entera, de lo contrario no tendrás tu golosina.
Después de llorar y patalear, y de escuchar los consejos de los papás acerca del porqué es beneficioso comer salmón, Lalo, un niño de nueve años aficionado como todos al chocolate, se levantó con tristeza de la mesa y se retiró a su cuarto, por órdenes de papá y mamá. Cerró la puerta y se tiró en la cama. A menudo le sucedía que, cuando no le daban su chocolate y hacía una pataleta, se quedaba dormido sin antes cepillarse los dientes ni bañarse.
Lalo empezó a soñar que se encontraba de nuevo en la mesa, que era otra vez viernes y que en frente de él se encontraba su plato con el consabido filete de salmón empanizado; así lo preparaban para que no viera aquel color que tanto le desagradaba.
–Come, hijito, come, en esta ocasión tu pescado te encantará –le decía la mamá con una sonrisa angelical.
Lalo comenzó a cortarlo en pedacitos y a hacer con ellos la figura de un tren, para pasar un rato divertido en medio de tanto sufrimiento. Pero ¡sorpresa!, sabía tan diferente que no parecía salmón sino… sino… ¡chocolate empanizado! Por eso lo devoró sin necesidad de contar los vagones del tren ni imaginar que en ellos viajaban animales de todas las especies llevando cargamentos de chocolates para los niños del pueblo. Al tomar su horchata se dio cuenta que no era igual a la siempre, ese día estaba mucho más dulce y sabía exactamente a ¡chocolate blanco! El arroz que circundaba el pescado también era de trocitos de chocolate, la lechuga, del mismo sabor sólo que coloreada de verde, igual las rebanadas de tomate… pero para estos momentos ya Lalo no podía más con ese sabor. Quería tomar agua, mucha agua y darle un respiro a su paladar.
–Mamá, por favor, dame agua con hielo, estoy empalagado, ¡ya no resisto más! – le enseñó su lengua manchada de chocolate de diversos colores.
–Ay hijo, en esta casa todo lo que tenemos para comer está hecho de chocolate, el agua y los cubos de hielo también, por eso no enfrían. Como dijiste que no querías más que chocolate…
–Sí, eso decía mamá, pero ya tuve suficiente –dijo, muy preocupado—, ahora quiero otros sabores.
–Lo siento, no hay nada más. Para que te quites ese sabor ve a lavarte los dientes y de una vez báñate para que te duermas.
Lalo hizo caso por primera vez sin que tuvieran que regañarlo. Al contrario, fue aprisa al baño a limpiar su lengua mientras se cepillaba los dientes y se bañaba. Pero… ¡Oh, no! La pasta dental era ¡crema de chocolate y el agua de la regadera era chocolate fundido! Pobre niño, estaba aterrado. Ahora ya no podría bañarse porque de lo contrario se trasformaría en uno de esos muñecos huecos de chocolate que tanto le gustaban. Nunca podría lavarse los dientes, estos se le caerían de sucios y jamás masticaría aquellas deliciosas barras que su papá traía de la oficina y que con ansias esperaba.
Un día, cuando los niños de su grupo salieron de clase pasaron por la confitería y les llamó la atención ver un muñeco de chocolate muy grande.
–Miren –dijo Lucia–, qué chocolate tan gigantesco. Es del tamaño de cualquiera de nosotros; es un niño de nuestra edad. Entremos a preguntar cuánto cuesta. Lo podremos comprar entre todos y comerlo en el recreo de mañana.
–Esperen –replicó Pedro–, esperen amigos, vean que el muñeco es un niño muy parecido a Lalo. Sí, miren bien, es igualito a él.
–¡Cierto! –exclamaron todos, es… es Lalo. Sí, es Lalo convertido en un muñeco hueco de chocolate, con razón no ha ido a la escuela. Entremos aprisa.
–¡Noooooooo! ¡Mamá, papá! Vengan por favor –gritó desde la cama en cuanto despertó de su pesadilla.
–¡Qué pasa, hijito! –Le dijeron sus padres después de encender la luz.
–Ahora comeré de todo: carnes, aves, huevos, leche, frutas… salmón. Las golosinas serán para después de la comida, pero por favor denme un poco de agua con hielo o cualquier cosa que no esté dulce.
Los papás sólo movieron la cabeza con un simpático gesto, antes de darle el primer vaso de agua que tomó antes de ir a asearse.

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